¿Puede un manotazo matar neuronas? Los neurólogos del siglo XXI responderán a ello y mucho más, eso está claro, yo en cambio, sólo sé que más que neuronas mata sentimientos, rompe de a poco corazones y crea rencor en lo hondo de la existencia humana, de las personas, de ti persona.
La torpeza del humano es inigualable, cae y tropieza una y diez veces -cuando es poco- con la misma piedra, roca, cerro y montaña, no aprende; sabe de obviedades y aun más cuando ya tropieza por novena vez, pero sigue errando, parece como si le gustara... como si le gustara el masoquismo. Eso debe ser, ya dijo la experiencia y hace poco Shakira, se siente tan bien todo lo que hace mal.
Un llamado, poca señal, mucho ruido y nada se entendía, las revoluciones comenzaban a bajar y la decepción medio se instalaba cuando aun no se perdía la esperanza. Un pequeño que crece frente a sus ojos entra en la alcoba, entre irónica y despectivamente habla de lo ocurrido en el recién pasado minuto y recopila lo del día entero, la muchacha lo mira diciéndole "cállate y sal de aquí", él no se va y prefiere desconectar un cable, pantalla en negro, sonido de circuitos, y por dentro la muchacha baja al infierno, olvida que sabe contar y es como si el mundo fuese a terminar, como si el 2012 llegara antes de tiempo.
¿En realidad se siente bien? No... definitivamente no. Provoca placer hacerlo, quizá nuestras mismas neuronas, las pocas que han de ir quedando, nos mandan esa señal de alerta, tal como si no quemásemos la lengua con un té muy caliente, alejamos la taza, soltamos algún golpe por una acción indebida a otro. Vemos el rostro del golpeado, de pena, dolor, de un corazón medio quebrantado día a día. Analizamos. No fue para tanto, no lo merecía. Rogamos por perdón, no nos hablan: "Ándate, no te quiero ver". Respondemos: Yo tampoco, no te quiero ver llorar.
Lo mira, alza la mano, él baja la cabeza buscando evadir un golpe en las mejillas, la mano que pareciera no fuese de ella, tan fuerte y pesada llega en un instante a la cabeza, a la nuca, le llega a doler la palma. El niño levanta la cabeza, sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas y a caer al mismo tiempo que la sigue observando y la muchacha reacciona, pide disculpas y siente cómo su corazón se parte junto con el del niño. Lo persigue a su habitación en busca de una disculpa, él se encierra, no quiere verla. Busca consuelo con otros, ella no deja de mirarlo con los ojos nublados, más que la palma, duele pensar que de a poco el niño no la querrá más, a futuro no la estimará, la rechazará como ella a sus familiares que sabía habían cometido el mismo error, no los disculpa, quizá él tampoco a ella.
Pocas veces un ser frío que metódicamente y a todo aplica la frase "Todo es por algo" se arrepiente, todo forja carácter dice. Cuando el arrepentimiento llega acompañado de una visión a futuro lo destroza, lo arruina. Su mente no piensa en otra cosa, no logra razonar más que su forma de pedir disculpas, de ser humilde por una vez y dejar la frialdad de lado, todo el tiempo transcurrido, horas, todo se traduce a la culpa y busca del perdón, de no dañar con la intención de hacerlo.
Le teme a la reacción futura -"No fue mi intención"-dice para sí, "Malditos impulsos". Se cuestiona y castiga psicológicamente. El pequeño ya duerme, sabe que suele ocurrir, lo que no sabe es cómo reaccionará. Pretende hablar al día siguiente, calmados y trapasando ese calor humano, esa ternura y cariño, ese amor de familia.
Ahora sonríe, -no es para tanto- se dice. Vuelve a creer que no hay de qué arrepentirse, si no hubiera ocurrido aquello no habría reaccionado y, por ende, no habría caído en la cuenta que a ratos -como el recién pasado- de cuanto ama a su hermano y cuan feliz la hace.
Se nace humano, con diversos sistemas que dan vida a nuestro cuerpo de carne y hueso; mediante se crece, se vive, se obtiene experiencia y se da valor a las situaciones, momentos y personas, así, cuando el sentir se vuelve la más delicada capa es que se es persona.
Ambos sienten. Ella no puede leer mentes, pero por su parte, lo ama con todo su ser.