Al parecer, y como resultado de tanta película diaria vista durante semanas, además de junta con amistades y familia, que hacía un buen tiempo no veía y un entorno físico y musical que me llena por completo, mi ser se vuelve más relajado, más tranquilo, más sensible.
Quizá necesitaba oír ese violín, escuchar esas palabras, ver esas imágenes, sentir ese aire, alegrarme de verdad por esas bromas y sonrisas, por esa gente... Y es que me siento plena. Ha sido un año extraordinario. Van apenas ocho meses y todo ha sido espléndido. Bueno, quizá no todo, pero la gran mayoría, y lo que no, hace resaltar aún más la grandeza y majestuosidad de otras situaciones, que me llenan aún más.
Es la familia, los amigos, el ejercicio, el ambiente. Son los cerros, es lo nuevo, lo antiguo; es el sol. Realmente, no lo sé, y quizá aún esté bajo el asombroso y poco lógico poder de las películas y el cine, pero de verdad siento que todo es posible, que nada es tan malo y con mayor fuerza que a diario, que de todo entre todo lo malo, algo bueno suele ocurrir. Que todo deja una lección y con cada paso, crecemos.
Siento que el mundo es pequeño, que todo ocurre por algo y que sólo debo ser paciente para que todo ocurra, contradictoriamente, también creo que no debo esperar, pues las mejores vivencias son las inesperadas. Ahora que recuerdo eso, no quiero esperar, quiero, como en muchas otras ocasiones, vivir y, principalmente, sentir.
Quiero sentir la calidez del sol y de un abrazo a un ser querido, quiero grabar en mi mente la imagen de esa puesta de sol, pero no por creer que no veré otra, sino porque es, sencillamente, hermoso. Quiero saborear ese jugo, que aunque le falte algo de azucar, sigue siendo rico y, si es con amigos, cuánto mejor.
Quiero escribir mucho, expresarme libremente, por eso no pretendo hacer un testamento, jaja.
En este momento, viernes cinco de agosto del 2010, cuando el reloj marca las 2:01, sonrío y soy feliz. Me siento plena. Vivo, siento, sonrío.