martes, 28 de agosto de 2018

Me caí, ¿o me botaron? En pocos meses la vida se me fue a la mierda. Mi güeli me maldijo días antes de morir. Mi relación con don pololo se fue a la cresta. Viajé, descansé, seguí, le di. Pero se acabó igual. Pasé mi cumpleaños sola y luego drama monumental. Mi Nina no me habla y yo tampoco le pienso hablar por ahora. Si se trata de adultez, ella me lleva la delantera.
Hace dos meses me fui del diario. Me pesa, me duele. Hace un mes tengo otra pega, mejor pagada, más relajada y hasta glamorosa. Me carga. Me pesa y me duele. Me incomoda, me angustia; me mata a diario.
Pasa que en el diario estaba siendo feliz, lo estaba pasando bien. Ganaba pésimo y así no podía seguir, porque mi pega valía, y vale. Pero yo seguía aguantando, esperando los tiempos de bonanza, o al menos mejores. Me los prometieron, o al menos intentarlo. No pasó.
Fui a trabajar un día con intenciones de irme temprano, con mi tema casi listo y trabajando en los de las semana siguiente. Pero extinguieron mi sección, desarmaron el equipo -no es que estuviese tan cohesionado, pero era equipo- y me dieron un ultimatud, una encerrona que sabían iba a tomar: irme o quedarme en algo que no me encantaba y por las mismas chauchas.
Hoy me pesa. Ese día también me pesó y harto. Me pesa porque no trabajaba mal, porque me gustaba, porque disfrutaba mi pega. Porque para mí cada entrevista cada persona, era conocer un mundo nuevo, aprender de alguien nuevo y contar parte, aunque fuese cortito, de su historia, sus metas, sus sueños. Porque de eso escribía yo, de sueños. De gente que trabajaba por ellos y sí, hacía negocio, pero a su manera, usualmente conscientes, sustentables...
Me pesa no tener el respaldo de un medio, puede ser. De lo que estoy segura es que me pesa no hacer lo que me gusta, no disfrutar mi trabajo, no amar lo que hago; no crecer. Me pesa la angustia y no saber ni poder salir de ella. Saber que puede ser pasajera, y dos segundos más tarde darme cuenta que no, que no es pasajera, que yo sé que no es pasajera, porque no me gusta, me mata por dentro.
Me duele verme al espejo quebrantada por dentro, reflejando un semblante vacío, oscuro, deprimente. Me cuesta reconocerme, me carga hacerlo y encontrar esto.

Viajé, fui a casa, me senté con la piel al sol, sintiendo el viento y creí que sanaba, que cerraba una etapa y aunque a la fuerza, estaba bien, que era la vida la que me daba la oportunidad de parar, descansar y empezar de nuevo. Fue un placebo. Volví "renovada", seguí, le di, rechacé y acepté propuestas. Entré a un nuevo trabajo, y me carga.

Salgo, me embriago, la cago. Me pesa no recordar y más aún hacerlo.
Salgo con el perro, me olvido, se pasa. Vuelvo a casa, vuelvo a la pega y siento el peso de la rutina, de la frustración por no amar lo que hago, de no sentirme realizada.

Hace casi tres meses lloraba de felicidad en Disney World, por cumplir mis sueños, por amar mi vida, con todo, con presencias y ausencias, con caídas y levantadas, con cambios y todo. Por sentirme así de realizada, pese a todo. Hoy lloro, en mi casa, con un vacío en el alma, con angustia, porque todo se dio vuelta y aunque intento verle lo bueno, no me da. No me sale. Y me duele más.

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